Fuimos a comprar, juntos. Cosas para ellas, para nosotros. Entre frutas y verduras anulabas mi voz. Sin quererlo, lo sé. Esa no es la cuestión. Te lo he dicho. Creía que era mejor decirte que me incomoda la sensación que me produce tu modo de actuar, en casos como esos. Te intentaba explicar que me hace sentir mal la sensación que aparece, en mí, durante y después de esos, tus actos. Quería que me comprendieras. En realidad, te conozco, y no sé qué pretendía con ello; puesto que te has ofendido. Lo has considerado absurdo, y no lo entendías. No te he pedido que lo entendieras. Sólo quiero que sepas que no me gusta que lo hagas. Te has ofendido mucho. Frustración e impotencia han venido a acompañar mi jersey blanco. Eso no es respetar, no es tolerar. Respetar no es pronunciar, en una misma frase, absurdo e insignificante. Y dirigírmelas a mí. Es volver a anularme, volverme a callar. Qué paradoja, te has sentido ofendido tú. Manda narices.
Suerte que, a los cinco minutos, me ha buscado mi primer compañero de cerveza.
Y volví aquí. A una cena de silencios. De silencios incómodos. Y volvemos a dirigirnos alguna palabra, gracias a la informática; la que nos une y separa tantas y tantas veces. Pero tú y yo estamos ofendidos, e imagino que no nos lo haremos saber directamente. Manda narices.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada